domingo, 22 de marzo de 2015

Siempre y nunca

«Nunca digas nunca,
nunca digas siempre.»

Loreto Sesma.

Siempre y nunca son la misma mentira
me dijeron un día
que tenté a la suerte
pasando por debajo de la escalera
que forman tus piernas.

Siempre se caen mis hojas en otoño,
siempre nacen en primavera,
aunque Neruda, con sus cerezos,
nunca mueran.

Nunca se cierra la Gran Vía,
nunca se abre del todo el telón,
nunca supe recirtarte,
nunca nadie me enseñó a escribirme.

Siempre que te veo me pierdo,
siempre que me pierdo pienso,
siempre que pienso existo,
siempre que existo te veo.

Nunca me gustará el café frío,
nunca me gustará el café con sacarina,
nunca me gustará el café solo.
Nunca me gustará el café sin ti.

Pablo Ruíz Picasso

viernes, 6 de marzo de 2015

Quizá si hubieras entrado

Si quizá aquél día hubieras entrado
por la puerta de madera
podríamos habernos tomado cafés
hasta que nos apeteciese una copa.
Si hubieras entrado podríamos haber hablado
sobre el destino y alguna excusa de las nuestras
o a lo mejor de lo rápido y despacio que nos pasa el tiempo.
Si esa puerta se hubiera abierto
yo te habría hecho un hueco junto a mí.
Quizá esperé demasiado a que se abriera la puerta.
A final va a ser verdad, que hasta el café más caliente
se acaba enfriando si no vienes. O vuelves.
Si hubieras entrado habría visto mi reflejo
en esos ojos que me anulan, que me pierden.
Si hubieras entrado habría notado mi tacto
en esas manos que me consuelan, que me encuentran.
(Tenía muchas ganas de que entraras, ya lo ves.)
Pero no sabía qué más hacer;
yo estaba en la cafetería de siempre,
en el sitio de siempre,
tomando lo de siempre,
a la hora de siempre.
Y es ese el problema, que hice lo de siempre.
Quizá si hubieras entrado por esa fría puerta
yo no  me habría dado cuenta de quien soy
y de qué tengo cuando me desnudo.
Quizá si hubieras entrado yo no habría salido.
Y ahora se está mejor fuera que dentro.
Quizá si hubieras entrado te hubieras dado cuenta
de que seguía esperándote.

-Pero ni entraste
ni yo estaba para verlo.-

El hijo del hombre, por René Magritte (1964).