miércoles, 16 de noviembre de 2016

Por mis venas

Mis cigarros se suelen marchitar todos juntos.
En un vaso cada vez menos transparente.
Y me asomo a verlos
sin pedirles permiso.

Su cuerpo flagelado un día estuvo
en mis manos,
seguramente en la mano derecha.
Con la que escribo.

Me asomo a ese cementerio putrefacto sin miedo,
sin ropa de luto,
como cualquier acción cotidiana
a la que no se da valor
por ser demasiado ordinaria.

No creo que escuchen la música que pongo
ni los poemas que me recito.
Y pensar que un día
por unos minutos
vivieron en mis labios...

Me mata. Me matan.

Se me derriten los huesos
cuando sé que siempre queda algo
en mis pulmones.
¿Hasta cuándo?

Un estercolero lleno de ceniza podrida
que un día iluminó mi boca.
Que encendió mis palabras.
Que apagó mi voz interior.

Ya nada podrá resurgir de esa ceniza
porque está muerta,
porque la he creado y la he matado.
Solo queda el rostro de lo efímero
en esa línea del vaso
mugrienta, calcinada, marrón y asquerosa.

Los he matado,
yo, que he sido el único que les ha dado vida.

No sé qué me espera después de esto
pero la mejor forma de aprender a vivir
es comerse a la muerte,
al miedo,
al olvido.

Bebo del vaso,
los filtros, como troncos de un árbol recién nacido
brotan en mi estómago.
Los pulmones lloran.

Y mi boca saluda resplandeciente al mechero
que aquél día encendió el cigarro
que hizo explotar la bomba
que es mi cuerpo
si no noto luchar por mis venas
a mi irreductible vida
contra vuestra educada muerte.

Vacuity, de Kit King.

lunes, 17 de octubre de 2016

#PáginaSuelta4. ¿Por qué quiero ser periodista?

-Texto escrito para la asignatura Información en radio, locutado el día 17 de octubre de 2016.-


¿Por qué quiero ser periodista?, me preguntas clavando tu desesperanzada mirada en mis palabras. ¿Qué es ser periodista?, te contesto yo sin saber aún qué buscas en mí.

Yo no quería ser periodista, yo no sé si algún día lo seré, yo no sé si en el futuro podré vivir dedicándome a lo que me gusta. Aunque quizá lo que me guste es ser periodista y no lo sepa.

Sé que el Periodismo siempre me ha transmitido un respeto que no sabía muy bien justificar. Aun así, con el paso de estos años, con el descubrimiento de nuevos compañeros, profesores y diferentes personas que me han ayudado a abrir mi mente sin llegar a perder mis propias ideas, puedo afirmar que las profesiones se profesan. Y esta es una de las más bonitas del mundo.

Si el Periodismo significa señalar el maltrato, de cualquier tipo: económico, social o político.

Si el Periodismo es luchar contra la corrupción interior dando a conocer la verdad y únicamente nada más que la verdad.

Si el Periodismo es ir con la palabra por delante y trabajar para que su responsabilidad social se mantenga en pie.

Si el Periodismo es sinónimo de tolerancia, respeto, empatía y libertad.

Si el Periodismo puede ayudar a terminar con las torturas del poder.

Si ser Periodista es lo mismo que sentirse orgulloso de que ayudas a la gente con tus relatos.

Si dentro del Periodismo siempre ha habido alguna voz discordante o alguna palabra que nos abría los ojos frente a la realidad única que pretendían vendernos.

Si el Periodismo significa que el valor de tu propia riqueza no se mide en euros, sino por la calidad de tus artículos.

Si ser Periodista se asocia con tener unos intereses creados, un jefe vendido, un bozal en el bolígrafo, lo quiero cambiar.

Si el Periodismo es intentar ganar la eterna lucha entre conjugar la inalcanzable imparcialidad con la visión más humana de la realidad.

Si el Periodismo no es más que relatar diferentes culturas, civilizaciones o incluso realidades en voz alta. Si no es más que transmitir unos hechos que se ven desde unos ojos inocentes.

Si el Periodismo es ayudar a aprender del pasado, vivir el presente y mejorar el futuro.

Si ser periodista significa todas y cada una de esas cosas, YO QUIERO SER PERIODISTA. Si al escuchar la palabra PERIODISMO no nos imaginamos una profesión necesaria, aunque también necesariamente justa y que no tenga mayor objetivo que informar, YO QUIERO SER PERIODISTA para poder mejorar, lo que a día de hoy, me ilusiona.


No sé qué es ser periodista, pero sé que he elegido contar la verdad, ahora tan solo necesito esforzarme para que la verdad cuente conmigo.

sábado, 24 de septiembre de 2016

La sombra del muro

No has conseguido pasar
el muro
que se esconde entre mis sonrisas
versos
miradas
promesas
sueños
y esfuerzo.

No lo has conseguido pasar.

No pasa nada.

Jamás te culparé,
pero entiende que yo me quedo aquí
conmigo,
y todo lo que soy:
lleno de todos los que aportáis
un poco de luz
a este lado de la frontera con tanta sombra
que apenas se ve.

Este muro que siempre será mi muro,
aunque lo mire desde mi lado,
el tuyo,
o por arriba y abajo.

Sería injusto impulsarme en ti
para superar mis miedos,
temores
y deseos.

Me quedo aquí,
la próxima vez que nos veamos
estaremos en nuestro cielo.

Ya sabes dónde estoy,
si me quieres encontrar
asómate;
que yo estaré escalando
mis propias cicatrices.

Fotografía de Horst P. Horst.

miércoles, 27 de julio de 2016

Página suelta #3. Sobre cómo ser siempre, aunque no siempre estés.

Te bajas del vagón tras ver unas caras que están narcotizadas frente a pantallas que jamás reflejarán la realidad. Yo me marcho, me despido sin decir adiós y voy sin rumbo. Ya sabéis, liando un piti por la excusa de hacer tiempo.

Él llega, tan radiante como la primera vez que lo vi. Sé que nos espera una buena tarde. Lo sé ahora, que ha pasado. Aunque él aún esté aquí.
A su lado he visto que para ser y estar, no hace falta más que darse cuenta de que no es necesario estar para ser.

No voy a negarlo, ahora tengo en mis dedos los mismos precipicios que antes, pero justo en este momento tengo menos miedo. Y eso pocas personas pueden hacérmelo sentir. Personas, que no gente.

No preguntéis más por el secreto de la felicidad. Lo tenéis vosotros y vosotras. Dentro. Dentro del pecho que bombea cada pensamiento. Dentro de la cabeza que impulsa cada movimiento que jamás llega a destiempo. Precisamente eso es lo esencial cuando terminas el camino, en el que solo estás tú, y en el que tú estás solo, pero pudiendo decir con orgullo, que no tienes patria, porque nunca creíste en las fronteras, que ya no estás, pero en cambio eres en todas esas personas que algún día sonrieron mirándote a los ojos.

Yo, hoy, he sido, he estado. Y lo seguiré haciendo hasta que la memoria nos lo permita. Pero qué mejor forma para no olvidar que dedicándote todo lo que he aprendido de ti.

Qué mejor forma que dedicándoselo a ese miedo que me has quitado. 

Gracias, J.

lunes, 4 de julio de 2016

Página suelta #2. Sobre el riesgo y las ganas.

Como el chaval que está en la puerta de clase, esperando el primer día de universidad; como el cantante impaciente antes de subirse a su primer escenario; como la escritora en la presentación de su primer libro; como el bailarín antes de salir a escena; como el estudiante en la exposición de su tesis; o quizá, como la periodista en su primer día de trabajo en el periódico del que siempre soñó formar parte de la plantilla.

Así, sin perder las ganas que a veces, e irremediablemente, se fundan primero en el miedo. Me enfrento al temor de conocerme, de andar perdido con la única persona de la que necesito estar seguro: yo mismo. Y sé que pensáis que es demasiado habitual el decir que sin riesgo no puedes ganar, pero quién necesita ganar si ya antes de arriesgarse tiene ganas de luchar.

No paro de repetir que tengo tanto miedo en mi cabeza como ganas en mi corazón. Repito que me enfrento a mí mismo en una guerra que yo, y solo yo, me he provocado. Y también es cierto que siempre me he embarcado en los navíos que más posibilidades tenían de naufragar, pero siempre lo he hecho siendo consciente de donde estaba.

Ahora no es así. Lo sé. Lo siento. Lo siento en mis sentidos y no me lo perdono. Porque estoy, pero no soy. A lo mejor el pavor se apodera de mí y tengo que retornar a esta estabilidad que me mata, pero también, a lo (mucho más) mejor, me doy cuenta de quién soy y de que no es necesario tener una meta para andar un camino.

Me embarco. No digo adiós a nada ni a nadie, pero espero que después pueda reconocer mi propio rostro cuando me enfrente a la realidad, también, con otros ojos.

Como el chaval que sale contento el primer día de universidad; como el cantante que ya está pensando en su próximo concierto; como la escritora que por fin ha logrado su sueño; como el bailarín que no se arrepiente de ninguno de sus pasos; como el estudiante que ya es doctor; o quizá, como la periodista que acaba estando orgullosa de su trabajo.

sábado, 25 de junio de 2016

Página Suelta #1. Sobre la imaginación y los mundos posibles.

Hace unos días volvía en el metro. Creo que eran sobre la una y media de la tarde: el calor asfixiaba y los vagones estaban atestados de gente. Mi trayecto, guiado por los raíles de la línea 6, comenzó en Ciudad Universitaria y terminó en Avenida de América. Como siempre que vuelvo de la facultad.

Fue en Guzmán el Bueno cuando entraron en el vagón dos personas que me llamaron la atención. Una de ellas era un chico, alto, pelo largo, rizado, suelto y rubio; piel morena y camiseta de eskorbuto. La segunda era una chica, más o menos de mi altura, pelo largo, liso, con coleta y moreno; piel blanquecina y un vestido largo del color verde de las aceitunas. Aunque siendo sincero, estas características fueron las últimas en las que me fijé.

El chico estaba leyendo un libro de George Orwell, un libro que jamás llegaré a saber si tengo yo en mi propia estantería, ya que no conseguí leer el título. La chica estaba leyendo un libro de la editorial Anagrama, seguro que de algún autor borracho del siglo pasado. O no.

Siempre que entro a un vagón de metro intento fijarme en los rostros que me rodean. Rostros que muy probablemente nunca vuelva a ver y, a decir verdad, la mayoría de ellos están cabizbajos mirando el móvil, quizá leyendo las noticias, viendo vídeos en Facebook o hablando con alguien por What'sApp. Pero ellos dos no, joder. Y estaban uno frente al otro, los dos pegados en la puerta que después de unos segundos se volvería a abrir. Y yo también estaba frente a ellos, contemplando su perfil iluminado, apoyado en la puerta por la que siempre salgo pero nunca entro.

Pensé en qué harán por las tardes, qué no será de ellos. Cuáles son sus preocupaciones, qué piensan acerca de la violencia para defender una causa justa. Dónde habrán estudiado, por qué leen los libros que sostienen y no otros. Hasta qué punto son incapaces de levantar la cabeza y ver que les estoy observando, dejando a un lado la música que algún día estallará mis tímpanos, dejando al otro lado el propio libro que yo me estaba leyendo. Solo por verles. Solo porque han entrado en el mismo vagón que yo.

Por eso, a veces, las mejores historias están en nuestras cabezas y no en las palabras que algún autor proscrito consiguió escribir. Y esas son las verdaderas historias. Aunque nunca sepa qué libro de Orwell era, aunque tampoco consiga saber cuál era el libro de Anagrama. Sé, que por cuatro paradas de metro, menos de diez minutos, ellos eran mis personajes y yo, aunque como un mero espectador, conseguí ser el protagonista de la historia que solo ocurrió en mi cabeza.

Por un momento sentí que había ganado a esta sociedad en la que parece delito imaginar. O no.

jueves, 23 de junio de 2016

Página Suelta #0. Sobre la duda y el miedo.

Creo que nunca he sido de grises. Siempre me he posicionado, aunque mi postura no fuera la correcta. De hecho, creo que esa seguridad es la que me ha llevado a no tener miedo a la duda. Jamás alguien firme en sus pensamientos huirá de la oportunidad de debatir sobre ellos; y esto es así por las dos consecuencias posibles. La primera es percatarse de no tener razón, lo que significa directamente que existan argumentos más fuertes y válidos que los tuyos. Por otro lado, la segunda posibilidad es que acabes convenciéndote más, y seguramente también mejor, de que tus opiniones se presentan acorde a la realidad, lo que lleva a que tus argumentos sean más plausibles que los contrarios.

De esta forma, quiero decir, que los grises solo llevan a la indefensión, a una seguridad ignorante que acobarda cualquier postura que se pueda prestar a discusión. Discutir no es malo, debatir tampoco lo es. Es más, me atrevería a decir que ningún desarrollo que se haya producido en la sociedad ha venido provocado por el obcecamiento, tan intrínseco como impersonal, que se produce cuando cualquier persona se cree estar tan segura de sus pensamientos que ni siquiera escucha ni es capaz de rebatir los de los demás.

Asimismo, personalmente nunca he crecido sin la ayuda de las personas que me escuchan, sin sus puntos de vista, sus opiniones, sus experiencias, su manera de percibir la realidad, del mismo modo que siempre intento aplicar este ideal a cualquier aspecto de mi vida, ya sea sentimental, personal o profesional. Si de verdad confías en ti mismo, si realmente no temes saber que te encuentras errado, muéstrate ante la duda que, como ya he apuntado anteriormente, o creces tú mismo por haber aprendido algo nuevo para ti, o creces tú mismo por haber ayudado a esa persona que tienes en frente, tan firme en sus ideales como tú, pero que no tiene reparo en escucharte.

Y yo, yo nunca he conseguido crecer con miedo.

domingo, 12 de junio de 2016

Para vivir

El leve contorno de una figura
que duda
que se arriesga
que se gana.

La simple mirada a destiempo
que choca con mis ojos perdidos:
¡te tengo dentro de mí,
me tienes jugando con fuego en tus manos!

No sueles gritar,
pero te fijas en lo que ellos dirían
que es insignificante.
No sueles correr,
pero les adelantas en cada palabra
que no dices.

Y sigo a tu lado
porque únicamente tú sabes cómo gastar mi tiempo
ganando vida.

Aunque tú no lo sepas
las calles me han dicho
que es la hora.

Que las amapolas han florecido
al notar tus manos
y has conseguido romper mi disfraz
de coraza,
aunque tú no lo sepas.

Que no noto el tiempo
pero sí tus gestos
que no veo más allá de lo que tus ojos ven
y aún así sé que estoy seguro contigo
y de ti.

Otra vez más:
estoy nervioso
y te vas;
estoy nervioso
y me voy;
estoy nervioso
y nada queda
aunque todo esté
por vivir.

Aunque para vivir
ya te tengo a ti.

Collage de László Moholy-Nagy

sábado, 14 de mayo de 2016

Cómo lo recuerdas

¿Tú cómo lo recuerdas?
Yo aún no sé cómo olvidarme
de lo que sucede solo en mi cabeza.

Pienso en ti, no lo dudes;
que para eso ya estoy yo.

No te voy a preguntar más,
pues eso significaría
volver a estar preparado para la respuesta.

Silencio.
Sí, eso:
silencio,
Lo único que llegó a ser nuestro.

Supongo que no te lo imaginas.
Yo tampoco lo imaginé
hasta que te diste la vuelta
y ahí estaba yo.

Pero nunca te das la vuelta sola,
también se giran tus labios,
el pecho que esconde ese amor
que me podría llegar a hacer amar;
o eso creo.
También se giran tus piernas;
esos huracanes que ni Katrina
sería capaz de alcanzar.

El problema es que cuando llegas,
no llegas solo tú.
El problema es que cuando te vas
yo también me voy
persiguiendo aquello que soy
y que ahora solo puedo encontrar en ti.

El problema es la solución.
La solución que no te quiero decir
porque:
¿quién soy yo para hacerte dudar?

Ya no te preguntaré más,
lo prometo.
Solo piensa
cómo lo recuerdas tú.

Por Chema Madoz.

lunes, 2 de mayo de 2016

Excusas prometidas

Me invento excusas
que siempre llevan tu nombre
y nunca dejan lugar a la certidumbre.

Me invento excusas
que son títulos de libros
nombres de canciones
directores de cine
o autores de fotografías.

Me las invento
porque es lo único que puedo hacer con ellas.

Excusas en gritos
susurros
alabanzas
o mentiras.

Excusas en anécdotas
sueños insatisfechos
colchones solitarios
y cafés calientes.

Excusas en domingos
de abriles nada primaverales
en noches tempranas
en fuegos que vuelan.

Entre tú
y yo.

Entre tú
y yo:
excusas pausadas
miradas demasiado motivadas.
Excusas que son el latido
de estos versos
que jamás dejarán de ser tuyos.

Excusas que bombean
la cordura
que es perderse
y seguir estando orgulloso de lo que eres.

De lo que eres,
de lo que soy,
de lo que somos.

Excusas, motivos...
No me hagas más preguntas,
Katrina,
que tú estás en todas
las personas
que como Ella
me llenan
me viven
me deshacen
y me construyen.

Me construyen después,
siempre después.
de afrontar la guerra
que es verla sonreír
e intentar
no gritar
¡felicidad!

Por Chema Madoz.

martes, 29 de marzo de 2016

Llora, poeta

Te sientas
la primavera está cerca
y detrás de la escalera
empieza a llover
como cuando lloras
gritando al mundo
que tus labios se están ahogando.

La gente deambula
con esos rostros inacabados,
ingenuos ellos
no saben lo que es vivir
habiendo muerto en cada intento.

Apuntas, disparas y te vas.
Mejor que sea otro
el que esconda la mano:
que esta piedra es mía
que ese miedo es tuyo;
ni tu venganza ni mi valentía
lo van a cambiar.

Defendéis una libertad que os regalaron
que yo nací ya aquí
sin saber tu experiencia
sobre la guerra
sin saber tu temor
a olvidar el pasado.

Estás confundido, poeta.
El verso te hace a ti,
y esa libertad te toca, te juega, te pierde, te consume
sin darte cuenta.

Te sientas
ves la primavera florecer
pero la revolución va por dentro
y aunque notas el sol en tus ojos,
tú, ignorante,
los cierras.
Como si soñar fuera a despertarte del desvelo.
Como si tus venas fueran raíces en barbecho.

Ha llegado la eclosión
el tiempo se va
estás solo
¿Te das cuenta?

Todo era una mentira
en la que en lugar de sentado
estás sentido
pero sin nadie que lo sienta.

Y no lloras,
solo regalas al mundo
el agua
que esos corazones tan secos
necesitan sin saberlo.

Llora, pero sin que nadie te vea,
poeta.

Círculos en un círculo (1923), de Wassily Kandinsky.

lunes, 8 de febrero de 2016

Y el alma volvió a nacer

Llueve a cántaros
y todos sabemos cómo termina el cántaro
de tanto ir a la fuente.

Hoy es de esas noches
en las que mi madre no duerme en casa,
en la que yo estoy cansado sin saber de qué,
de quién.
De esas noches en las que el mundo está contra ti,
en las que te das cuenta
que ver explotar a las personas
no es tan bueno si explotan en tu pecho.

Hay que saber mirar a las cosas a la cara,
hay que conocer el rostro de las circunstancias,
no vivir en lo somero, en la superficie, en lo fácil;
no darse cuenta de lo frágil que es una mirada
solo cuando se rompe.

Un día me definieron como excelente
y fue la peor pregunta que pude hacer.
La angustia de querer siempre un poco más
de ver la meta y no poder tocarla
de ser el mejor en todo
y en todos.
Así, de esta forma: excelentemente imposible.

Tengo varios problemas, lo acepto;
y todos con un nombre demasiado común
para sentirlos tan propios.

Llueve a cántaros ahí fuera;
aquí dentro los cerezos de Neruda
no sabrían qué hacer.
Y yo. La cama vacía.
Las letras malas no hacen honor a mi mala letra.
La vida da vueltas
y no es justo, vida mía,
que solo cuando no sé dónde esconderme,
en quién apagar este fuego,
cómo encender el riesgo
y cuándo empezar a gritar
sienta este vértigo nuevo
que nace de la importancia de tener
un refugio
cuando menos te lo esperas.

En algún libro leí que la soledad enriquece el alma,
pero aún no sé qué sería del alma
sin un cuerpo que le diera vida.

Llueve a cántaros ahí fuera
y de tanto ir el cántaro a la fuente
la fuente se secó,
el cuerpo se rompió
y el alma volvió a nacer.

Noche de luna en el Dniper (1882), de Arkhip Ivanovich Kuindzhi.