lunes, 8 de febrero de 2016

Y el alma volvió a nacer

Llueve a cántaros
y todos sabemos cómo termina el cántaro
de tanto ir a la fuente.

Hoy es de esas noches
en las que mi madre no duerme en casa,
en la que yo estoy cansado sin saber de qué,
de quién.
De esas noches en las que el mundo está contra ti,
en las que te das cuenta
que ver explotar a las personas
no es tan bueno si explotan en tu pecho.

Hay que saber mirar a las cosas a la cara,
hay que conocer el rostro de las circunstancias,
no vivir en lo somero, en la superficie, en lo fácil;
no darse cuenta de lo frágil que es una mirada
solo cuando se rompe.

Un día me definieron como excelente
y fue la peor pregunta que pude hacer.
La angustia de querer siempre un poco más
de ver la meta y no poder tocarla
de ser el mejor en todo
y en todos.
Así, de esta forma: excelentemente imposible.

Tengo varios problemas, lo acepto;
y todos con un nombre demasiado común
para sentirlos tan propios.

Llueve a cántaros ahí fuera;
aquí dentro los cerezos de Neruda
no sabrían qué hacer.
Y yo. La cama vacía.
Las letras malas no hacen honor a mi mala letra.
La vida da vueltas
y no es justo, vida mía,
que solo cuando no sé dónde esconderme,
en quién apagar este fuego,
cómo encender el riesgo
y cuándo empezar a gritar
sienta este vértigo nuevo
que nace de la importancia de tener
un refugio
cuando menos te lo esperas.

En algún libro leí que la soledad enriquece el alma,
pero aún no sé qué sería del alma
sin un cuerpo que le diera vida.

Llueve a cántaros ahí fuera
y de tanto ir el cántaro a la fuente
la fuente se secó,
el cuerpo se rompió
y el alma volvió a nacer.

Noche de luna en el Dniper (1882), de Arkhip Ivanovich Kuindzhi.