miércoles, 16 de noviembre de 2016

Por mis venas

Mis cigarros se suelen marchitar todos juntos.
En un vaso cada vez menos transparente.
Y me asomo a verlos
sin pedirles permiso.

Su cuerpo flagelado un día estuvo
en mis manos,
seguramente en la mano derecha.
Con la que escribo.

Me asomo a ese cementerio putrefacto sin miedo,
sin ropa de luto,
como cualquier acción cotidiana
a la que no se da valor
por ser demasiado ordinaria.

No creo que escuchen la música que pongo
ni los poemas que me recito.
Y pensar que un día
por unos minutos
vivieron en mis labios...

Me mata. Me matan.

Se me derriten los huesos
cuando sé que siempre queda algo
en mis pulmones.
¿Hasta cuándo?

Un estercolero lleno de ceniza podrida
que un día iluminó mi boca.
Que encendió mis palabras.
Que apagó mi voz interior.

Ya nada podrá resurgir de esa ceniza
porque está muerta,
porque la he creado y la he matado.
Solo queda el rostro de lo efímero
en esa línea del vaso
mugrienta, calcinada, marrón y asquerosa.

Los he matado,
yo, que he sido el único que les ha dado vida.

No sé qué me espera después de esto
pero la mejor forma de aprender a vivir
es comerse a la muerte,
al miedo,
al olvido.

Bebo del vaso,
los filtros, como troncos de un árbol recién nacido
brotan en mi estómago.
Los pulmones lloran.

Y mi boca saluda resplandeciente al mechero
que aquél día encendió el cigarro
que hizo explotar la bomba
que es mi cuerpo
si no noto luchar por mis venas
a mi irreductible vida
contra vuestra educada muerte.

Vacuity, de Kit King.